domingo, 14 de diciembre de 2014

Pasiones aprisionadas

Siento la respiración de tu pecho agitarse sobre mi espalda y tu aliento calentando mi cuello desnudo. Tus manos poseen mis caderas aferrándose a ellas, magullando mi piel, provocando una mezcla de dolor y placer, que sin duda me gusta.

Me concentro en tus dedos, hundiéndose en mi carne, lacerándola, marcándola. Y una onda de deseo e ira se apodera de mi boca, apretando mis dientes y respirando profundo, para no voltearme con fuerza y embestirte de una mordida.

De forma descarada hurgas entre mis nalgas con tus dedos que segundos antes llevaste hasta tu boca para llenarlos de saliva y los siento frotarse entre mis hendiduras. Mis soeces deseos quieren abrir las piernas para que termines de hundir cada uno de tus dedos, pero las aprieto con fuerza complicando la labor de tu mano.El aire se carga de un juego de competencia salvaje, exaltando los deseos más primarios de los dos. Nos gozamos provocándonos.

Me tomas del cuello, levantando mi cabeza, acercando mí oído hasta tu boca y me susurras con voz firme pero con exhalaciones largas, -ábrete-.
Un, no rotundo sale de mi boca y tenso con más firmeza el cuerpo y las piernas, que intentas separar con ayuda de las tuyas. Juego de poder y resistencia que nos excita cada poro de la piel.

Tu mano se introduce como puede entre las sabanas de seda y mi cuerpo, buscando los escurrimientos de lubridez que ya me traicionan. Y tu ego se crece, se endurece, deseoso de clavarse entre las porciones carnosas y redondeadas de mi trasero. Elevo mis nalgas provocativamente, cumpliendo con el cometido. Tu desesperación por poseerme aumenta. Y la lucha se acrecienta. Subes tus manos por mi pecho, apoderándote de mis senos con fuerza y me das la vuelta. Lucho como gata boca arriba y nuestros ojos se cruzan, cargados de deseo, enrojecidos de tanta pasión, centelleando el apetito que nos tenemos. Nuestras bocas se buscan, se lamen, se encuentran, se enredan, saboreándonos las ganas. Y la apetencia se nos desata de los poros, desanudándonos las manos llenas de ganas de atarnos a la carne del otro.

Nos acariciamos entre rasguños y desesperos, chupándonos los cuerpos como náufragos sedientos. Nos bebemos cada gota de lujuria, de sudor, de decoro, desnudándonos la piel hasta la impudicia, abriéndonos la procacidad, ofreciéndonos al otro.

Mi mano te aparta y se sumerge en la pulpa de mi intimidad, disfrutando la visión de tu firmeza frente a mí. Me comes con los ojos y tu respiración agitada, hambrienta, me estimula a mostrarte más.
Disfruto ver cómo me deseas, como te alimentas de mí. Te doy a probar de mi mano la miel de mi esencia. Lames cuidadosamente cada uno de mis dedos, guardando mi sabor más allá de tu paladar.

Te atraigo hacia mí, sintiendo todo el peso de tu cuerpo sobre el mío, dejando que mi piel se contagie del calor de la tuya. Chupo suavemente tu axila y recorro tu pecho hasta lamer tus pezones, mordisqueándolos, estirándolos, tensándolos como el resto de tu cuerpo, mientras deseo sentirte dentro. Te abro las piernas y te invito con la mirada a irrumpir mi carne y tu pene firme se centra en la entrada de mi abertura, sin prisas, recorriendo la humedad y el calor que de mí emana. La carne se va abriendo a tu paso, sintiendo el calor de tu falo, que se va introduciendo despacio, saboreando la travesía. Hasta el fondo. Mis labios abrazando tu pene, calentándolo. Tus movimientos rozan nuestras pieles, mojándonos todo. Escurro de placer hasta tus muslos y tu pasión se exalta. Tomándome con mayor firmeza. Mis piernas en tus hombros y tu boca aprisionada a mis pezones intercalando succiones, cada vez con más fuerza. Duele, pero me gusta.

Tu dedo pulgar frota el botón de mi clítoris, que se endurece entregado al deleite. Mi respiración entre cortada, gemidos ahogados con cada honda embestida, muriendo segundo a segundo de tanto placer. Aceleras el ritmo, degustas todo lo que está a tu alcance. Me gusta y te gusta. La agitación de nuestros cuerpos promete explotar en cualquier momento y el baile continúa. Nos buscamos las lenguas, que se enredan y se poseen, queriéndose tragar una a la otra, sedientas de tanto gimoteo. Nos lamemos el paladar, los dientes, regalándonos mordisqueos. Siento tu verga henchirse dentro de mí y mis partes se contrae en múltiples espasmos. Un río que emana de mi te baña, detonando tu orgasmo, caliente líquido inunda mis adentros.


Nos seguimos moviendo como suaves olas por morir, agonizamos y nos resucitamos al mismo tiempo. Sintiéndonos vivos, en el infierno. 


sábado, 13 de diciembre de 2014

Dulce como pera

Me soñé recorriendo una piel desconocida, escribiéndole poemas con tinta de mi saliva, soñando que olía y sabía como tú, como tanto te he imaginado.
Mi lengua y mi boca estaban de fiesta y mis piernas bailaban muy abiertas por pura satisfacción.
Despacio, mis caderas comienzan a cabalgar un amor imaginario, un galope lento, profundo, rítmico, sin prisa. Estimulando a mi propia humedad a brotar.
Poco a poco la lluvia se va produciendo en mi interior. Y mil imágenes la alimentan.
Trato de definir tus ojos, tus cejas, la sensación de tus cabellos entre mis dedos, mi nariz rozando la tuya, sintiendo tu aliento tan de cerca, tan mío. Acaricio tus orejas, cada lóbulo con las yemas de mis dedos y me acerco a tu cuello y lo huelo, lo pruebo, lo muerdo. La temperatura de tu pecho contra el mío me reconforta, reaccionando dulce a mis caricias. Deseando hacerte mío.
Puedo sentir las gotas de mi río interno resbalar por las paredes de mi intimidad. Disfruto la vibración de mis fluidos recorriendo el camino hasta la entrada de mi coño. Repito la palabra, “coño” en voz alta y me excito, me palpita, me lo deseo abierto y dispuesto para ti.
Mantengo aún mis piernas cerradas, notando como mi ropa interior se humedece mientras sigo bamboleando mis caderas. La sangre fluyendo por todo mi cuerpo cada vez más acelerada, calentándome.
Toco ligeramente el interior de mis piernas, y logro con el tacto imaginar la transparencia de mis bragas mojadas.
Abro las piernas invitándote mentalmente a contemplarme, a ver lo que produces sin siquiera tocarme.
Me froto contra el sillón y siento el frío del cuero, produciéndome escalofríos en la piel semidesnuda. Mis pezones se endurecen e instintivamente los pellizco una y otra vez, despuntándolos más.
Quiero venirme escuchando tu voz.
Me excita cuando me lees mientras me acaricio.
Revivo el último poema por ti leído:
Estaba yo pelando una pera muy quitada de la pena,
contenta de ir a servir de desayuno,
cuando de pronto noté el poco pudor
con que se dejaba eliminar la vestimenta
y cómo soltó humedad que me escurría por los dedos
un jugo lúbrico que me pedía cierto pudor que en esta
materia ya he perdido
y no por eso la sentía menos densa y dulzona
acomodarse a la temperatura de mi mano;
la nombré suavemente la reina de las frutas,
la chupé, la mordí, la hice mía
y escribo su nombre para que no se borre en la memoria
de los siglos: pera.
Y me convierto en pera y escurro.
Y me deseo en tu boca. Dulce. Chupándome, mordiéndome.
Y me vuelvo sirena y sus mil cantos que parecen gemidos.
Y me transformo en arte, plasmando deseos infinitos y eternos.



viernes, 5 de diciembre de 2014

Conversaciones en segunda persona

Guardas tus silencios en la almohada. En la oscuridad de tus noches. En la soledad de tu casa.

Silencios llenos de dudas y desasosiegos. Silencios repletos de voces. Recordándote todo. Los ayeres, los fracasos, los dolores, los sinsabores. El vacío que deja haber amado, haber creído, haber confiado.
Quieres decir tantas cosas y las promesas hechas a ti mismo no te lo permiten. No te puedes fallar. Debes cuidar a ese niño dulce que llevas dentro, al que le has impuesto una armadura demasiado grande y pesada y que le cuesta cargar.

Pero el alma no calla. Palpita con cada una de sus palabras que suenan sinceras, simples, sin dobleces. Asomando un resquicio de ilusión en el amurallado corazón.
Vives impaciente, celoso hasta de lo que la mente inquieta del otro sueña. ¿Te soñará? ¿Te pensará?

Prefieres ignorar hasta tus propios pensamientos.
Te llamas estúpido, crédulo, ingenuo. Y te convences que no hay sentimiento real en lo que corre por tus venas. Sin embargo te sientes más vivo que nunca.

Deseas seguir viviendo la sensación que te provoca, pero implica decisión. Y las decisiones pesan. Implican margen de error.
Optas por voltear tu rostro a la calle, a la cotidianidad de tu vida, a las actividades sencillas que llenan los días, a los amigos y el trabajo. Distraen, y con suerte hasta abruman.

No das tu brazo a torcer. Ya has sentido como duele.
Te mantienes estoico en tu orgullo, en tus miedos, guardando los sentimientos dentro de las paredes que ladrillo a ladrillo has construido a lo largo de tu vida. Pero donde también se te colaron los fantasmas.

Te eximes de culpas.
Excusas tu incapacidad de arrojarte al precipicio, a pesar de que te han mostrado los brazos esperándote.

No es real, te repites. Es sólo un acto de ilusionismo.
Buscas desesperado cada grieta en las palabras escuchadas para convertirlas en abismos, haciéndolos irreconciliables.

No es nadie afuera.  Te pasa con todo, con todas, con todos. Eres un confiado sólo en apariencia, un niño feliz de una aventura que dure un minuto, para disfrutarla sin que duela. Un apostador de sólo una carrera, dónde quizás se gane poco, pero se pierda menos.
Medido cada paso, jugando sin mojarte, como si así se viviera la vida.

Permíteme aclararte, mi adorado corazón, que en efecto, ¡eres tonto! Sólo flotas. Sobrevives. Nadas de muertito, pero la vida como el mar, para conocerlo hay que sumergirse.
Tu decides. El tiempo sigue corriendo.


martes, 28 de octubre de 2014

Dejarme quiero.

Quiero querer.

Quererte quiero.

No dejarme, ni dejarte. Quiero.

Dejarme entre muchos te quiero.

Te quiero dejar que me quieras, sin que me quieras dejar.

Dejarte que me quieras. Quiero.

Me quiero querer dejar toda entre todo tu querer.

Quiero, quererme y que me quieras.

Quiero dejarme y que no me dejes.

Aquí te dejo. Me dejo, te dejas, nos dejamos.

Y así dejándonos sin dejarnos y queriéndonos querer, quiero seguir queriendo.



martes, 14 de octubre de 2014

Volvamos a empezar

Cuando la noche este en su luz más lujuriosa, cuando las estrellas griten amores, te invito a inventarnos de nuevo.

A susurrarnos otros nombres, a reencontrar pasiones que nos permitan comenzar.

Quizás en otra luna, la de mañana, nuestro encuentro pueda ser distinto.

Vamos a ser desconocidos, cambiar de forma y dejarnos llevar.

Sigo con el enigma de tus ojos y la promesa de tus manos que me llenan los antojos y me invitan a desearte una y otra vez.


Que sea la segunda vez, la primera. No te olvido, no me olvides e intentemos ser, lo que no fue.



lunes, 6 de octubre de 2014

Vestida de zorra

Una llamada bastó para ponernos de acuerdo. Cuando se habla de sexo, siempre nos ha sido sencillo organizarnos en todo.
Acordamos un punto medio, un viaje rápido. La misma ciudad y la misma suite de siempre. Sala, bar, comedor, una amplia habitación, jacuzzi y una espectacular terraza con vista a la ciudad.
Cada espacio con sus recuerdos que me vuelven a humedecer de repasarlos.
Medias rotas sobre el sillón de cuero de la sala, juguetes mezclados con botellas, vasos y copas en el bar, frutas estrujadas sobre la mesa de mármol del comedor y la sensación nítida de tu lengua lamiéndolas de mis nalgas y de mi espalda, mientras todo mi cuerpo se estremece al tenor de tu boca.
Contigo, todo mi cuerpo es un néctar por dentro y por fuera.
Vestido a penas ligeramente arriba de la rodilla, corseé y medias discretas, nada debajo de ellas. Tacones altos. A penas una ligera maleta con lo indispensable. Parezco más una ejecutiva que viaja a una reunión de trabajo, que alguien que planea tener un encuentro sexual.
El viaje transcurre normal. Todos a mí alrededor pendientes de sus cosas, luciendo ocupados. Yo procurando relajarme cómodamente en el sillón y leer, pero en mi interior se gesta una revolución de emociones de pensar en tus manos manteniéndome húmeda la hora completa de vuelo. Me sonrojo, lo siento en mi rostro.
Anuncian el aterrizaje, sin demoras y poco a poco vamos saliendo de nuestro asiento. Soy de las primeras.
Camino muy erguida y contoneándome. La mayoría de los pasajeros son hombres y vienen detrás de mí. Me gusta provocar, sobre todo a esas horas primeras de la mañana.
Sé que te gustaría verme así. Te imagino observando todo a distancia. Me mojo aún más y mis pezones respingan divertidos. Me emociona pensar que se marcan en la delgada tela del vestido.
No tengo que esperar la maleta, así que me dirijo directamente a la salida. Ya está el coche esperando por mí, el mismo chofer cómplice de todas nuestras aventuras me da los buenos días.
Me sonrojo ligeramente nada más de verlo. Aún no puedo evitarlo. Nos ha visto en múltiples actividades aventuradas. “Tendríamos que matarlo”, te he dicho en broma en más de una ocasión, sabe demasiado. Y me río para mis adentros de mi propio chiste.
Conforme nos acercamos al hotel, mi excitación se incrementa. Me gustaría soltar un gemido, sólo para relajarme, pero el pobre Don Andrés no está en edad para esos sustos.
Llegamos.
Entran y salen personas en el hotel. Hay mucho ajetreo, se nota que es lunes.
En esta ocasión, no me esperas como otras veces ni en el lobby ni en el restaurante. Me has pedido que suba a la habitación. Pero antes has querido que pase por recepción a anunciarme. Sabes que me molesta, pero te parece divertido. Me has pedido además, que me pellizque los pezones antes de bajar del coche, no por encima de la ropa, sino sacando cada teta de su lugar por el cuello del vestido y por si fuera poca hazaña, me pides carraspear cuando lo haga. Asegurándote así que nuestro chofer vuelva involuntariamente su mirada por el espejo retrovisor.
Cumplo todo al pie de la letra. Soy igual o más perversa que tú y lo sabes, por eso nos gustamos tanto.
Llaman a la habitación. Para mi sorpresa no me entregan ninguna llave. Sólo un simple “puede subir”, dándome el número de habitación, que ya yo conozco, es lo que sale de los labios del recepcionista, que aprovecha y mira de reojo mis pechos y la marca en la tela de mis pezones. Lo miro fría y con recriminación y en sus ojos hay una leve señal de disculpa.
Sabiéndome observada, me contoneo por todo el lobby hasta el elevador, dejando que mis nalgas sin ropa interior se muevan coquetamente bajo el vestido y pulso el botón para subir.
Toco la puerta. Tardas un rato en abrir. Minutos que me parecen eternos y me ponen ligeramente de mal humor. Odio la escena. Sé que lo sabes y que es parte de tu juego de hoy. Pero el beso con el que me recibes hace que me olvide de cualquier cosa, entregándome desde el primer roce de labios.
Te tengo un regalo, dices.
Y una caja de mediano tamaño aparece en tus manos. A penas dejo mi maletín a un lado y la abro como niña pequeña en navidad. Sabes lo que me gustan los regalos.
Desato la gruesa cinta delicadamente y destapo la caja de forma cubica, encontrándome con una hermosa cola de zorra dentro.
Eres tú quien la tomas y volteándome de cara a la puerta me levantas el vestido y me separas las piernas.
Comienzo a temblar de excitación.
Rompes las medias como siempre lo haces, con pericia y desesperación y siento como tu mano se apodera de mi entrepierna y tus dedos juegan un poco entre mis labios, provocándome aún más humedad. Misma que utilizas para mojarme cada orificio. Dos dedos bailan a entrar y salir y de pronto siento como algo grueso entra frio entre mis nalgas.
Me arqueo.
Una breve pero deliciosa punzada de dolor hace que apriete y me apodere de mi nueva cola de zorra. Haciéndola mía.
Una excitación enorme me envuelve. Quiero verme. Pero tú me tienes aprisionada contra la puerta, disfrutándome a tus anchas y moviéndome la cola de un lado al otro con tu mano.
Me quitas lentamente el vestido y acercándote a mi oído me susurras, “Te tengo otro regalo”.
Utilizas la cinta con la que estaba envuelta la caja para taparme los ojos. Es suficientemente ancha para dejarme completamente ciega. Todo se vuelve oscuro.
Escucho que te alejas e instintivamente me pongo a gatas y comienzo a recorrer la conocida habitación, que ahora me parece un lugar extraño, donde tengo que ir tanteando mis movimientos muy despacio.
Pienso mientras me arrastro en la alfombra, a qué te referías con otro regalo. Será la venda, supongo y sigo caminando, intentando no toparme con ningún mueble y hacerme daño.
La alfombra, aunque suave bajo los pies, resulta un poco áspera en mis rodillas.
Intento mantenerme elegante, distinguida, a pesar de mi posición. Calculando mis movimientos, procurándolos sensuales, provocadores. No puedo asegurar que me observes, pero al mismo tiempo dudo que te estés perdiendo del espectáculo.
Aprieto las nalgas. El peso de la cola de zorra me desconcierta. Pero disfruto del cosquilleo que el pelo va haciendo en mis piernas con cada movimiento.
Se me eriza la piel.
  • Tengo sed, te digo y cuidadosamente me pasas una copa que supongo es champagne pero que resulta ser sólo agua.
Me diriges con tus pasos a la habitación, hasta que mis manos sienten la cama y me subo en ella sin perder la posición.
Silencio.
Nada pasa.
Me quedo inmóvil sin siquiera sentarme sobre mis muslos. No quiero estropear la cola. Debe verse espectacular.
Detrás de mí siento el peso de tu cuerpo sobre la cama y escucho el siseo al abrir de unas tijeras.
Se perfectamente que no me harás daño, pero la condición en la que me encuentro hace que me ponga ligeramente nerviosa y tensa. No me muevo ni un centímetro.
Frio a metal entre mis piernas.
Estas cortando lentamente el puente de las medias, dejando todas mis nalgas y mi vulva al descubierto. La licra de las medias recién recortadas se clava suavemente en mi piel. Me imagino la escena desde tu perspectiva. Debes estar gozando.
Juegas con mi cola, que se mueve en un vaivén entre derecha e izquierda. ¡Cómo me gustaría poder verme!
Un líquido frio cae sobre mi espalda y luego tu lengua la disfruto sorbiéndolo. Aun así me escurre por los costados y por entre las nalgas. Con una de tus manos detienes firmemente el borde de la cola, mientras que con la otra juegas con mi entrepierna.
Ardo en deseos que me penetres y lo sabes.
No castigas más el momento y me embistes deliciosamente. Suave, delicado, pero firme, una y otra vez, cada vez más duro, rítmico.
Me arqueo levantando las nalgas y gimo desbocada.
Mis dedos buscan automáticamente mi clítoris. Me alejas la mano de un ligero manotazo y regreso mi mano a la cama, apretando las sabanas con fuerza.
Lanzo gritos y gemidos. Estoy extasiada y por lo que siento entre mis piernas, tú también lo estas.
Extraño que no hables, que no hagas ni un solo ruido. Que no me grites cosas obscenas, ni me digas que soy tuya. Tu puta, tu consentida. 
Entonces te lo pido, te suplico que me lo digas. Necesito escucharte. Imploro por tus palabras una y otra vez, pero permaneces inusualmente callado, aunque tu cuerpo grita lujuria, deseo y pasión por mí.
Sientes como mis orgasmos van llegando uno a uno, apretando, contrayendo las paredes de mi vagina, abrazando tu pene duro dentro de mí. Haciéndote mío. Tatuándote entre espasmos mis ganas.
No me cambias en ningún momento de posición. Mi cola de zorra sigue entre mis nalgas, bailando con cada movimiento. El roce entre mis nalgas es exquisito. Pasan los minutos y mi humedad no cesa, al contrario, se multiplica, haciendo que haya más juego entre tu pene y mi vagina. Corre y resbala exquisitamente.
Otro orgasmo. He perdido la cuenta pero un líquido recorre mis piernas, como chorros entrecortados que mojan las sabanas. Lo celebras con una nalgada, que mi cuerpo recibe como un acelerador.
Mi rostro pegado en la cama, mis manos extendidas hacia el frente y mis nalgas muy erguidas dándote el placer de un gran espectáculo. Puedes ver perfectamente como entras y sales, me rozas, me enrojeces.
Con cada salida mis músculos se contraen, haciendo más placentera cada una de tus entradas.
Tus movimientos se aceleran. Se vuelven mucho más fuertes, placenteramente agresivos.
Otra nalgada. Ahora más fuerte, más firme, más decidida.
Imagino como tu mano se marca en mis nalgas. Arde.
Sólo atino a pedirte más, aunque sé que eso es lo que harás.
Una arremetida profunda, honda, y te vuelves líquido caliente dentro de mí. Explotas. Siento el temblor en tu cuerpo, en tus manos. Me fascina, me calienta aún más.
Pero ni en ese momento sueltas ni un solo gruñido. Silencio total. Solo tu cuerpo me habla y me revela que tu placer es igual de intenso al mío.
Estoy empapada. Bañada en sudor. Sé que tu estas igual, he sentido caer gotas de sudor sobre mis nalgas y espalda.
Estoy exhausta, pero no por eso menos caliente.
Me siento sedienta. Deseo que tus besos mojen mis labios. Pero no me muevo, ni pronuncio palabra alguna. Solo se escucha mi respiración entrecortada. Jadeo.
Lentamente desatas la venda de mis ojos. Mantengo mi cabeza inmóvil. Viendo hacia el frente. El listón cae de mis ojos sobre la cama y aunque me tardo unos segundos en acostumbrarme a la poca luz que hay en la habitación, te veo sentado en el sofá frente a la cama. Completamente vestido, visiblemente excitado y con la mirada completamente extasiada.
¿Quién está detrás de mí?, consigo solo a pensar.
Mientras tú sonríes.






Exorcizando.


Exorcizando la luna ando.

Exprimiéndole el corazón. Tendiéndolo como ropa al viento junto al mío, para que se le oreen los olores de viejos amores.

Sonámbula el alma y perfectamente despierta, perdiendo la fuerza, desmenuzando nostalgias, descosiendo dolores.

Mis brazos tiemblan. Más bien el cuerpo entero. Flojo y endeble.

No puedo siquiera sostener el peso del cigarrillo. Cómo si en él cargara el mundo de pasados acumulados, los personajes de las historias inconclusas, los besos y abrazos de los adioses sin decir.

Miradas, sonrisas y lágrimas se mezclan en imágenes imprecisas. Todas parecieran la misma, yo sé que son mil distintas.

Pecados, vergüenzas, sinsabores, se quieren instalar en mi boca, pero no siento arrepentimiento. ¿Orgullo o gusto por mal vivir?

Me estrujo hasta la última chispa de las fantasías que cumplí sin que me pertenecieran, de las noches robadas, de las bocas ajenas, de las ilusiones en la mirada.

Me cala el alma de tantas gotas de agua que no forman un río, de tanto vivir mil capítulos que no parecieran una historia y que sin embargo llenan las páginas de mi libro.

Me pesa la ligereza del traje.

Me inquieta el camino con un solo par de huellas. Profundas, pero frágiles. Le temo a la amenaza del mar, de borrármelas con su última ola, esa que es pura espuma, que ya ni siquiera llega con fuerza.

Flota corazón un poco más, válete de tu levedad, sólo un poco más.


jueves, 12 de junio de 2014

Naufraga conmigo


Recoge con tu lengua cada gota de mi piel en esta mañana mojada. De lluvia aunque no sea de Abril. De Mayo, pero que sea de mí.

Recorre con tus ojos de sol mis valles y mis montañas, y haz con tu mirada que se me mojen los desiertos acumulados de tanta ausencia.

Palpa mi piel que es tan tuya y no lo sabes y siente como se estremece bajo tu palma.

Báilame por dentro y báñate en mi mar cálido que forma olas alrededor de tu navío.

¡Naufraga conmigo nuevo amor!

Revive recuerdos aunque no sean tuyos, deposita en mí los que tampoco son míos.

Despiértame de éste letargo, sácame del encierro y abre el portal de mis primeros veranos que quiero gritar tu nombre, enredar mi lengua en tus oídos, gemirte hasta enronquecerme y venirme empapada contigo.

¡Quiero nombrarte amor y que reines en mi ombligo!

Y después de habernos amado, como primitivos, como primerizos, con cuidado y sin apuro, sácame los pesares de antiguos abrazos, de viejos amores.

Con cada uno de tus dedos, hurga entre las humedades de la más íntima de mis memorias y quédate ahí hasta que grite en presente.

Déjame después lamer las lágrimas de mis heridas, para que sólo quede tu nombre.




miércoles, 11 de junio de 2014

Tengo ganas de contarme mis recuerdos


Tengo ganas de contarme mis recuerdos.

De saborearlos sin ningún cuidado, como niña comiendo un helado.

De lamerlos hasta empalagarme y llenarme la boca y las comisuras de los labios. Y saciarme la panza, el corazón y la memoria.

Tengo ganas de atestiguar que estoy viva y vivir para contarlo.

Contar vivencias prohibidas y con ojos divertidos asegurar que son sólo cuentos, historias, fantasías no vividas.

Quiero escribir de cada uno de mis amantes, leer las letras de la eternidad que vivimos en un instante, que a veces duró horas y otras no me acuerdo.

A quién le importa si para tal deseo, debo pasear dos veces por el abecedario y volver si así fuera necesario, a empezar de cero, virgen y angelical desde la A.

Y no es un acto de nostalgia, si no de justicia de vida. Porque si sigo viva, viva estoy para contar orgullosa mi vida.

He sido amada, amante, amorosa, amiga, amiba en ocasiones, pues sin duda más de un dolor de panza he causado a mis amores.

Y entre tantos amores, amando sigue mi vida. Primero enamorada de mí y mañana quizás de ti.


martes, 13 de mayo de 2014

Lo que faltaba...


Despertó con la sensación de que algo no estaba bien.
Sin moverse de la cama agudizó el oído tratando de advertir algo diferente en el ambiente.
Nada parecía fuera de lugar. Pero todo se sentía serenamente anormal, contrario a la angustia que su sexto sentido alertaba.

¿Qué era lo que faltaba?

Palpó su cuerpo hasta llegar a su pecho.
Ahogó un grito sordo y los músculos se le tensaron.
Una sensación de absoluta derrota la invadió.
Se habían llevado su corazón... y esta vez sospechaba que para siempre.








martes, 6 de mayo de 2014

Tu mundo, son mis ganas.


Parte del cielo que te ilumina y te calienta, son mis ganas de amanecerte.

De hacerte mío. De llenarte a mares.

De conocer tus olas y respirar tú aliento.

Parte de la brisa que rocía tu cara por las mañanas, son mis deseos de besarte tierno.

Eterno. Apasionado.

De conquistarte el alma a besos.

Llenarte el corazón de caricias y el cuerpo de sabores nuevos.

De probar tus sinsabores y azucararlos lento.

Tomarte de la mano y caminarnos por dentro.

Hacernos un camino y deshacerlo luego.



domingo, 4 de mayo de 2014

Con D

Desdeño los silencios que no están acompañados de labios rozándose,
de miradas de complicidad,
de manos haciendo poemas en la piel.

Desprecio las palabras por compromiso,
las bocas que no se silencian,
que no se detienen para dar un beso.

Detesto la falta de quietud,
el agobio sin motivo,
la incapacidad de disfrutar los latidos, acompasados, serenos.

Disgusto del ciego con la vista perfecta
que no ve, que no admira, que no disfruta.

Desconfío de quien vive en torbellinos inventados de malestares encontrados o por encontrar.


Disfrutar es mi placer. Descubrir mi delirio.


Deleitar y deleitarme mi razón.


Deleitarte mi perdición y mi buen juicio.



















lunes, 21 de abril de 2014

Eclipse de deseos y sabores


Amo los sabores fuertes y las caricias suaves.
Los olores dulces y los besos largos.
El aroma a vainilla, copal y café.
La distancia que genera fantasía y la cercanía que la vive con armonía.
Juntar una cosa con otra, en un orden placentero. 
Me gustan los besos que recorren el cuerpo y lo acarician con los labios.
Silenciosos. Ardientes. Apasionados.
Me gustan las palabras escritas de humedad sobre la piel. Los gemidos ahogados y suaves, y los gritos que hablan con rasguños. 
Me seducen los ojos de sol y de sombra.
Caballero andante de la mañana y perverso asesino de los buenos modales en la cama por la noche.
Me conquista la bella lengua que sabe de letras, escritos y escritores, filósofos y autores, de poesía y sinsabores.

Me pierdo en el laberinto de tu misterio y lo amo tanto como lo detesto.
Te siento agua y me quemas fuego y me eclipso al compás de tus cabellos, que caen sobre tu rostro morueco.
Me gusta eso.
Y también usted.



miércoles, 19 de febrero de 2014

Esperando, no quiero morir.

No quiero morir esperando a encontrarme con tus labios y quedarme observando, esperando fantasiosa que de ellos salgan las palabras que he estado deseando.

No quiero pero espero.

Espero a veces ansiosa y otras sin esperanza, de encontrarme en esta vida observándote de frente, tomándote entre mis manos.

Me angustio. Y me guardo mis zozobras en el silencio de mi ego. Y me castigo vigorosa por presuntuosa, porque espero.

Pero dígame usted, amor mío, que hago para encontrarlo, si es condena de mi ego andar buscando sin buscarlo.

martes, 18 de febrero de 2014

Dos o tres.


Recorriste las cortinas al tiempo que yo me despojaba de mi ropa, desnudándome a la vista de cualquier curioso.

Tus ojos traviesos buscaron alguna mirada cómplice entre las ventanas vecinas. Y ahí estaba ella. Destellante. Candorosa. Mirándote fijamente.

Dejaste caer tu bata de baño con descaro y aunque no alcanzabas a ver sus pupilas, sabías que se dilataban para ti.

Me atrajiste hasta la ventana, tomándome por atrás. Apartaste mi cabello de los hombros, dejando mi cuello al descubierto y comenzaste a besarme, con la mirada fija en ella y la de ella en nosotros.

Besaste mis pecas con dulzura, lamiéndolas, mordiéndolas, saboreándolas poco a poco, mientras acariciabas mis senos con firmeza, pellizcándolos, provocándome un primer quejido.

Sentí como tu sexo despertaba con rapidez apretado contra mis nalgas. Me humedecí.

Tus caricias despertaban con avidez mi cuerpo, calentándome la piel por fuera y por dentro.

Y entonces la vi. De pie como una estatua griega de porcelana, bella y esplendorosa, observándonos, entre turbada y excitada, pero sin poder evitarnos.

Se me encendieron las ganas y traicionándome los nervios, se me ruborizó la piel.

Tus caricias suaves, me tranquilizaron y acercándote al oído, me susurraste, “eres bella y eres mía”.

Deje que tu lengua terminara de humedecerme el oído y de convencerme el sentido y me estremecí entre tus brazos. Sintiéndome de nuevo segura. Pudiendo devolverle una mirada un poco presuntuosa a esa diosa de la ventana.

Tus manos seguían recorriéndome el cuerpo, viviéndolo palmo a palmo, sin ninguna prisa, deslizándose por mi vientre que vibraba tras tus manos.

Cerré mis ojos disfrutándote, y al abrirlos me encontré de nuevo con su mirada, una mirada dulce que disfrutaba el panorama.

Me excité.

Sin pensarlo demasiado, abrí el balcón y una oleada de brisa fresca nos erizó la piel y con un aroma dulce, nos llenó los sentidos, sin enfriarnos el cuerpo.

Te tome de la mano con movimiento seguro y sin pronunciar palabra te invité a salir.

Tus ojos entre asombrados y excitados, me sonreían.

Tu cuerpo detrás de mí no se movía. No estabas dudoso de ti, si no de mí y esperaste lo suficiente para asegurar que no fuera sólo un arranque de valentía, que luego rehusaría.

Pero mi cuerpo enderezándose valeroso, dio un paso al frente, dejando al descubierto del exterior la lujuria que hervía en el interior.

Dos cuerpos desnudos y ardientes, ante la mirada de una intrusa, invitada al deleite.

Sujetando mis manos de la baranda, incliné lo más que pude mi torso hacia adelante, dejando a la vista y a tu alcance mis caderas y todo lo demás. Y alzando la mirada hacia la ventana, donde estaba ella, te dije muy despacio, intentando que ella pudiera leerlo de mis labios, “Cógenos”. Y tu miembro embistió entre mis nalgas, desapareciendo por completo en mi interior.

Arañaste mi espalda salvajemente, mirándola a ella, cogiéndome a mí.

Vi a lo lejos, como ella se despeinaba, se acariciaba desesperada. Lamiéndose los dedos y volviendo a desaparecer sus manos de mi vista.

Sentí como mi cuerpo me abandonaba, dejándola a ella poseerme, junto a ti.

-          Más, suplicaba.

-          Eres mía, gritabas. Sin saber muy bien a quien se lo decías.

Nuestros cuerpos chocaban desesperados. Y mis senos y tus testículos acompasados, bailaban al compás de nuestros deseos.

Te aferrabas a mis pezones con fuerza, manoseándolos todos, como reconociéndolos. Mientras tus dientes se clavaban en mis caderas.

Mis ojos brillaban de pasión, sin poder dejar de verla a ella. Como queriendo compartirle lo que provocan tus caricias y al mismo tiempo robar los gemidos de ella.

Intente mimetizarme con esa desconocida. Y ser justo eso para ti. Un nuevo cuerpo, diferente, una extraña. Y entre más lo sentía, más te sentía estampar caricias diferentes, encarnándose en mi piel.

Y mis gemidos te respondían en otra voz. Quejidos de niña bautizándose mujer entre tus dedos desesperados, purgándole los espacios, sedientos de placer.  Y llenándome de placer mi propio cuerpo.

Pero aunque se, que no era yo la única que te sentía, era yo, estoy segura, quién te tenía entre las piernas explotando, escurriéndote en mí.

Mío. Y yo, toda tuya.

No voy a morir de amor.


No me voy a morir de amor, aunque parezca.

Porque escucho el pájaro que anuncia la primavera cantar en mi corazón.

No me voy a  morir, aunque lo quiera.

Porque siento el amor que nace en mí como peonia en flor.

No me voy a morir, aunque padezca.

Porque me dieron a beber un poco de esperanza.

No me voy a morir, aunque merezca.

Porque aún ronda un alma en los andares de este mundo, que desea lo mismo que yo.
 
 


¿Dónde quedaron tus ganas?


¿Dónde quedaron tus ganas de mí? ¿En el cajón de las mentiras o en la de los sueños sin cumplir?

¿Dónde quedó tanto deseo, tantas caricias que no recibí?

¡Donde la poesía que tu tenías para mí!

Mi cuerpo aún tiembla de ganas y mi alma arde en llamas de tus besos, de tu boca, de tus manos sobre mí, fuertes y aterciopeladas, como me las he imaginado sin fin.

¿Se extraviaron tus caricias, o solo se diluyeron en algún rincón entre el tiempo y la distancia?

Ya no las oigo. Ya no las veo.

Decoloradas las siento entre la duda y el deseo.

Mis puertas, mi cuerpo y mis ganas están abiertas para ti… Dime dónde te veo para que me lo expliques a mí.
 

martes, 28 de enero de 2014

Pura carne


La noche está hecha para nosotros
Noches donde sólo la luna ilumina y todo lo demás se desvanece.
Nuestros cuerpos sin sombra se deleitan en el trémulo placer de la carne pura, viva, palpitante.
Deseos que no se dominan y se plasman entre rasguños de uñas y dientes.
Desesperación por el ardor de uno mismo, urgencia de tocar fondo, de sentir en lo más hondo, el calor por explotar en el otro.
Dejamos las almas guardadas junto al deseo de morir de amor y cerramos los ojos. No somos más que sexo.
Con las manos abiertas, manoseamos palmo a palmo nuestros cuerpos sin alma, llenos de quejidos. Sin intención de satisfacer al otro. Buscando nuestro propio placer a partir del cuerpo que se enreda en nuestras piernas. Lobos hambrientos de noches de luna llena. Feroces, indefensos solitarios.
Nos clavamos besos desesperados. Abriendo mucho la boca, queriéndonos tragar completos. Nos romperíamos la quijada si pudiéramos así meternos dentro del otro.
Pobre necesidad de desaparecer y acurrucarnos en entrañas ajenas.

Nos hundimos los dedos, nos hurgamos enteros. Gritamos y nos esforzamos por no desfallecer, necesitamos seguir luchando., aunque aún no entendamos la guerra.
Me clavas con fuerza. Me acaricia la tentación de dejarme poseer, de desaparecer, de ya no pertenecerme.
Qué más puedo ya perder, si no me tengo.

martes, 21 de enero de 2014

Usted no está loco aún

Usted, no sabe lo mucho que me desea aún, porque no conoce como besa mi nariz, desconoce cómo voy a ir oliendo cada parte de su cuerpo hasta besarlo todo sin siquiera tocarlo.

Usted, no imagina lo mucho que lo provoco, porque aún no me ha visto tirada en su cama, con una fresa en la boca, mordiéndola lentamente, mientras su jugo escurre por mis labios, mi mentón, por mi cuello.

Usted, no sospecha las ganas que le fustigo, porque no ha tenido la tentación de mis labios cerca de los suyos, a unos cuantos centímetros, imaginando mi lengua, fantaseando con su sabor, despertándole todos los instintos.

Usted, no ama el insomnio, porque no ha sentido la yema de mis dedos recorriéndole los sentidos.

Usted, no sufre de frío, porque no ha probado el calor de mi abrigo, de mis brazos, de mi vientre, de mi sexo humedecido.

Usted no se enamora de mí, porque no ha contemplado mis ojos y no ha podido descubrir mi mirada de niña, de mujer, de diablo y de furcia.

Usted no está loco por mí todavía, porque aún no lo alimento como a un niño... y al día siguiente me alimento de su mano...