martes, 27 de octubre de 2015

Pecado capital

Amanda sabía que escaparse no era la solución, pero en su alma adolescente el mundo se le había vuelto enorme y hacerle cara a la situación, una decisión para lo que no tenía valor. Había pecado, y lo sabía.
Su madre la había cuidado con esmero preocupada por su futuro, poniendo todo su esfuerzo en hacer de ella, “una gran mujer, admirable y admirada”, como constantemente le repetía.

A pesar de la vigilancia que le procuraba, Amanda había caído en uno de los pecados capitales, -el más perceptible, decía su madre-, tentada por un compañero de escuela, que poco a poco, con pequeñas dosis dulces, se había ido acercando a ella, volviéndose su mejor amigo.
Braulio, era un muchacho con una gran inteligencia y de un físico espectacular y bien desarrollado, comparado con los jóvenes de su edad; sin embargo, su gran timidez lo mantenía alejado de los reflectores de los reyes adolescentes. 
Habían sido compañeros desde el 5º año, y aunque se trataban con cordialidad, siempre se mantuvieron a distancia. Hasta ahora, que motivado por la celebración de su cumpleaños número catorce, Braulio, se había animado a invitarla al pastel que su madre había organizado en su casa. Ese día, quedó marcado, como el primero de muchos en dónde compartirían, inquietudes, alegrías, secretos y apetecibles pecados, −como Amanda los llamaba−.

−Te ves bien bonita− le había dicho esa primera vez Braulio, que le parecía un bombón, cuando la vio llegar a su casa con el presente entre las manos por su cumpleaños. Nunca nadie le había dicho algo así antes, ni de esa manera tan elocuente y sincera. Amanda se ruborizó como una fresa, el corazón se le derritió como chocolate fundido, sintiendo su cara y su cuello calientes como pastel recién horneado, sin poder dejar de sonreír  de oreja a oreja, con un poco de vergüenza, pero sintiéndose hermosa.
Así fue como Braulio, la había ido alimentando casi de manera imperceptible. Con porciones diarias de confianza, llenándola de dulces halagos, admirándola y reconociéndole, cada una de sus cualidades, que Amanda a su vez, iba descubriendo a través de los ojos de su nuevo y único amigo.
Pasaban juntos largas horas, dentro y fuera del colegio. Se convirtieron en compañeros de estudios y cómplices de vida. Ambos podían ser auténticos, sin máscaras y sin preocupaciones por cuidar o aparentar, lo que los hacía sentirse muy cómodos en compañía.

−El diablo está al acecho en cualquier esquina y se presenta en dulces incitaciones− le repetía su madre, advirtiéndole con eso, que era ella, la que debía mantener su voluntad fuerte ante cualquier tentación. Le recordó, que no podía estar vigilándola veinticuatro horas, pero que confiaba, que con todo lo que le había enseñado, sabría tomar siempre las mejores decisiones y no defraudar su confianza.
Y era justo eso, lo que a la adolescente más le dolía. Amaba a su madre y había traicionado la confianza depositada en sus manos, cuando todas las tardes le permitía salir con Braulio. Se reprochaba, haberse dejado engolosinar con las palabras de su amigo, que le repetían una y otra vez, lo hermosa que era. Palabras que habían servido de anestesia, haciendo que Amanda se olvidara de todo, de su madre, de su esfuerzo y de las ilusiones que depositó en ella. De su cuerpo mismo.


Con lágrimas en los ojos y la cabeza llena de turbaciones, sin una idea de a dónde ir o dónde esconderse, sacó una moneda de cinco pesos, la depositó en la ranura y dejando su pesada mochila en el piso, se paró muy derechita frente a la máquina con los ojos cerrados.

Un sonido del aparato la hizo abrir los ojos, que explotaron en un llanto contenido y angustioso, al ver la pantalla. No había duda, había engordado cinco kilos.


Sin pensar, corrió a comprar una gran rebanada de pastel, coronando así, su gran pecado capital.



lunes, 19 de octubre de 2015

Limosnera

La veo en la banqueta con su cara agachada y la vista entre sus piernas, recargada en la fina cantera que enmarca la cara frontal del edificio. Desconcertante. Nunca había visto indigentes en la puerta del complejo de oficinas. El bulto de tela que cubre a quien esté debajo, desentona con la pulcritud del ambiente alrededor. 

Me dan ganas de sentarme a su lado; estoy exhausta, ha sido un día muy largo, antecedido de una vida prolongada sin un minuto de paz para tomar un descanso. Siento las abultadas varices de las piernas, como gusanos quemadores queriendo traspasar las medias, ansiosos; da la sensación de que con cada paso, irán mordiendo cada vena hasta reventarlas. Los pies me hormiguean, haciendo casi un suplicio el andar.

Con dificultad, bajo el último de los escalones y vuelvo a verla. A sus pies, un vaso con restos de café y otro vacío. Presumo su necesidad y deposito el dinero guardado para el taxi en el vaso desocupado. Ni un solo gesto, como si no se hubiera dado cuenta de mi recién depositada generosidad.
Con el intenso dolor torturándome las piernas, una sonrisa de satisfacción se instala en mi rostro, sintiéndome bondadosa, y me felicito por mi actuar, a pesar de que tendré que ir andando hasta mi casa.  

Un exquisito olor a café se cruza en mi camino y unas ganas urgentes se despiertan en mi paladar. Me detengo en la cafetería y mientras hago fila, veo de reojo las mismas telas coloridas reposando acurrucadas en el borde de la banqueta, como una sombra que me persigue y los dos vasos a sus pies se alcanzan a ver a través de la puerta.

Me aflijo. Sólo tengo dinero para un café, pero mi espíritu de magnificencia tantos años inculcado, me obliga a dar al necesitado, dejando de lado mis propias ganas, y una sensación de absoluto agotamiento me invade el cuerpo, exaltando las ganas de soltarme a llorar.

“No es para tanto”, me digo. Pero esta vez, no funciona; me siento decaída y todas las privaciones y penurias caen como lozas sobre mi cabeza. Resignada, como tanto en mi vida, camino hasta la puerta con el vaso de café caliente entre mis manos. Me agacho con dificultad y sustituyo el vaso de café casi vacío del suelo.

Su cabeza se levanta lenta, veo su rostro, y descubro que es el mismo mío. Mis ojos se llenan de lágrimas que caen sin consuelo en el vaso vacío, mi propio reflejo lo toma entre sus manos, bebiéndolo sorbo a sorbo, mientras me invita a sentarme y me regala un recién colado café caliente. 




sábado, 10 de octubre de 2015

Acordes

La despertó el silencio. El día había amanecido crudo, en blanco y negro. Diminutas partículas de polvo se distinguían a través del desteñido rayo de luz que entraba por la ventana, flotando sin rumbo, abandonadas. Los ojos entre abiertos, la cama tibia, la boca seca, ningún dejo de olor a café, el oído aguzado. A lo lejos, el tintineo de unos ganchos de ropa chocando entre sí. El reloj marcando las diez de la mañana. La mente despierta y una sola certeza. Se ha ido.

Miró al techo. Blanco. Negro el pensamiento. Gris la sensación. La respiración pausada se agitó diligente, como un tren en marcha. Cerró los ojos. Se llevó la mano hasta los labios. En un movimiento lento, como en una caricia, metió los dedos en su boca, con excepción del pulgar y ahogó un grito que le venía del pecho. No. De más hondo. Del estómago, de la sangre, de unos dientes clavados en el corazón. Sintió la punzada. Los ojos se abrieron grandes, el techo blanco, ni una lagrima, solo terror y desolación.

Las escenas de la noche anterior se le aparecieron bailando, suspendidas en el aire, despiadadas. Los acordes de un arpa triste dieron pie a notas de Puccini acompañadas de un solitario violín. Todo blanco y negro. ¡Piedad! suplicó su alma desgranada.

El tenue olor a sexos combinados la llenó de nostalgia. Abrió la boca y tomó una bocanada grande de aire, deseando guardar todo lo que aún quedaba de él, de ellos.
Aspiro y contuvo la respiración, dejando que cualquier mínima triza de él, se quedara pegada en alguna parte de sus entrañas. Suspiró de nuevo, esta vez con la nariz y cerrando los ojos, desmembró el contenido de sus olores, para guardarlos en la memoria.

Sintió el roce de su piel contra las sabanas, se le calentó el cuerpo, hasta sentir un fuego que le quemaba la carne y le alcanzó las entrañas. La sabana roja, testigo de la pasión que se moría y daba vida al dolor.

Estiró los músculos, extendiendo el cuerpo en toda su extensión, en un intento por cubrir toda la superficie de la cama. Cerró los ojos y revivió el peso del cuerpo de él, sobre el suyo. Levantó la pierna derecha, estirada, tensa, y la acercó casi hasta su rostro. Se acarició el muslo con ambas manos abiertas, desde la ingle hasta la punta del pie y de regreso. Sin prisa, recordando sus caricias.

Se tomó de igual forma la pierna izquierda, del muslo al pie. Esta vez el regreso lo hizo con las uñas, intensificando la sensación. Se recorrió el contorno del sexo, subiendo con las manos bien abiertas por su vientre, palpándolo todo, desde el ombligo hasta las caderas, por los costados, y de nuevo al centro, subiendo suave por el torso hasta sus pechos.

Sintió la textura de la piel, la dureza de sus pezones, apreció el peso de sus senos bamboleándolos de un lado al otro  y los acarició por un largo rato, al tiempo que bajaba por momentos hasta su vientre o subía hasta la cabeza, revolviéndose el pelo.

Bailó acariciándose el cuerpo entre las sabanas. Reviviéndolo. Se acarició el suave terciopelo entre sus piernas, hasta que le lloró.

¿Me quieres? le preguntó al vacío, y una desvalida nota le dio la respuesta, mientras la música se desvanecía en el aire.

Silencio. El techo blanco nublándose. Los ojos abiertos. El corazón desacelerando. La oscuridad cubriéndolo todo.