martes, 13 de septiembre de 2016

Buenas noches

La ciudad me recibió como de costumbre con un tráfico pesado y ruidoso y el taxi del aeropuerto cargado de ese olor taladrante de los aromatizantes baratos, obligándome a bajar la ventana para no ahogarme. La ropa ligera propia del calor en Monterrey desentonaba con el clima frío y lluvioso de la Ciudad de México que se coló por los botones de mi blusa erizándome la piel. Los pies congelados fueron mi peor acompañante durante todo el trayecto; y mi refugio, la imagen de un baño caliente lleno de vapor que reconfortara la temperatura de mi cuerpo.

El olor suave y armonioso del hotel me dio la bienvenida. Me registré con prisa y subí a la habitación a dejar mi equipaje, darme una ducha  para entrar en calor, para después bajar a cenar algo al restaurante y leer un rato.

Al salir del baño era aún temprano. La amplia cama con sus edredones blancos inmaculados me invitaron a reposar la desnudez de mi aun húmedo cuerpo, hasta dejar que la última gota de agua se secara con el aire artificial de la habitación. Sin prisa, fui cubriendo mi cuerpo de crema y dando tiempo a que mi piel la absorbiera, abandoné las sabanas y me arreglé el pelo.

Elegí un vestido de terciopelo ceñido al cuerpo en colores ámbar, marrón y algo de verde olivo; unas medias en el mismo tono de verde, sin bragas –un gusto que me parece tan sexy-  y unos zapatos altos de tacón.

Antes de dejar la habitación, levanté el vestido para desenrollar el elástico de las medias en la cintura y pasé una mirada tímida sobre mi propio sexo que se asomaba ligeramente oscuro entre la transparencia de las medias color olivo. Disfruté del reflejo que me devolvía el espejo. Me observé de arriba abajo, más que como una crítica, cautivándome la mirada de mi propia imagen. Me sedujo la sensación del terciopelo en las yemas de los dedos, llevándome a dibujar laberintos al acariciarme el cuerpo. Mis movimientos fueron lentos, desde los senos, que pronto se tensaron sutiles, bajando luego por mi vientre hasta encontrarme de nuevo con mi sexo, disfrutando la textura fascinante del vestido y de mi propio cuerpo. Admito que me excité, sentí humedecerme entre las piernas y pude percibir el ligero aroma de la sensualidad de mis humedades. Sensación que siempre me ha parecido placentera, me hace sentir viva.

Por ese entonces llevaba el cabello largo, rubio, en ondas suaves, que combinaba perfecto con el atuendo de esa noche, lo acomodé cuidadosamente sobre mis hombros y las puntas casi rozaban con mis pezones. Me retoqué el labial, usando un tono anaranjado ocre que resaltaba perfecto la voluptuosidad de mis labios.

Haciendo uso de mi altura, salí garbosa sintiéndome una diosa, con el libro en la mano y la tarjeta del hotel. Me miré una vez más en el espejo del elevador y sonreí, me coqueteaba a mí misma: ¡no tengo remedio! Esperé a que bajara los pisos hasta la planta baja en donde se ubicaba el restaurante. Sin prisa dejé que se abrieran las puertas del elevador y salí sintiéndome una artista de cine, contoneándome coqueta en cada paso al cruzar el lobby. Disfruté las miradas que se posaban en mí, recorriéndome toda. Me volví a mojar.

En la entrada del restaurante, di una rápida mirada a los comensales, había varios hombres sentados solos y mi mente aventurera comenzó a fantasear. Elegí una mesa no muy alejada de las que estaban ya ocupadas pero con la suficiente distancia como para poder controlar la vista general. Esperé a que me retiraran la silla y me senté cruzando las piernas y dejando que la abertura lateral de mi vestido dejara ver gran parte de mi pierna.

Consciente de seducir con cada movimiento, sin tener aún ningún objetivo definido, abrí el libro que llevaba, saqué un cigarrillo, en ese tiempo aún se podía fumar en lugares cerrados y esperé a que llegara un mesero a encendérmelo, concentrada en mi lectura. Escuché el chasquido del encendedor, me acerque con el cigarro entre los labios y succioné imaginando que era otra cosa la que hacía. Pedí un café, un vaso con agua y el menú.

Cuando llegó mi cena, dejé el libro a un lado, y como si el tiempo no existiera comencé a disfrutar del filete que había ordenado. Me gustan las carnes que sangran en cada corte de cuchillo, me enamora a la vista y me seduce en la boca. Mi lengua saboreaba cada bocado, como si fuera el primero o el último, mientras levantaba la vista observando al resto de los comensales, cruzándome con algunas miradas, como cazadora analizando a su próxima presa; hasta que me topé con la que buscaba sin saberlo, y le sonreí sutil. Una sonrisa inocente que contrastaba con el brillo rabioso de mis ojos, que él no alcanzó a distinguir. Lo recorrí de arriba a abajo con descaro, mientras mis ojos se tornaban dulces, núbiles; dejando a propósito que mi cara se ruborizara un poco al sentirse descubierta.

El resto de mi cena y la de él, continuó entre miradas y sonrisas. En mi imaginación era él a quien devoraba con cada bocado. Su líquido y su sabor cubrían toda mi boca como preámbulo del éxtasis.

Terminamos nuestras respectivas cenas casi al mismo tiempo, él estaba atento a mis movimientos, llamé al mesero y pedí otro café con la intención maliciosa de alargar el momento y hacerlo esperar. Hizo lo mismo, sonriéndome con aire de tonta complicidad.

Lo tomé con calma, volviendo a mi lectura en un aire indiferente, sin dejar de levantar la mirada en ciertos momentos, marcando mi territorio; aprovechando para dejar salir el humo de entre mis labios, anunciándole en silencio que tuviera paciencia, que todo llegaría. Me gusta la sensación de control que ejerzo en esos momentos, es como ser dueña del teatro y de las marionetas, es una idea un poco perversa, pero me excita.

Volví a hacer señas al mesero, esta vez moviendo mi mano para hacerle saber que quería mi cuenta. Levanté la mirada y vi que él hacía lo mismo. Es mío -me dije- con cierto gozo. Que fáciles son los hombres, que predecibles y por tanto divinos. Firmé la cuenta y preparé mis cosas con la suficiente lentitud para dar tiempo a que él también arreglara las suyas y salí del restaurante consciente que venía detrás de mí, viéndome las caderas, por decir lo menos. Disfruté contonearme para él. Imaginar las carnes de mis nalgas moviéndose bajo el fino terciopelo ante el placer de su mirada.

Ni una palabra, ni un gesto de mi parte que diera un indicio a su ego, de cuál podría ser el desenlace.

Se abrió la puerta del elevador, hubo un buenas noches muy formal, al que respondí de la misma manera, sin voltear a verlo. Me adelanté y presioné el botón del piso de mi habitación.

     - Vamos al mismo, lo escuché decir. No respondí.

Llegamos al piso marcado y salimos al pasillo, giré lentamente hacia la derecha donde estaba mi número de habitación. Y lo escuché decir con una voz varonil que parecía muy segura.

     - ¿Vamos a tu cuarto o al mío?

Me detuve y me giré quedando frente a él. Un hombre de más de un metro noventa frente a mí, y mucho más cerca de lo que sentía que estaba antes de girarme. Al tuyo, dije con el tono de voz más decidido que encontré. 

Lo seguí con aire casual por el pasillo que quedaba hacia la izquierda de los elevadores. Fingiendo que aquella escena era tan natural como caminar en el parque. Llegamos a la puerta de la habitación número 4018, lo vi nervioso buscando la tarjeta para abrir; sonreí para mis adentros, imaginándolo como un conejo entre mis fauces.

Entramos, nos vimos de frente. Me llamo Marco dijo, y lo interrumpí. Sin nombres, no nos volveremos a ver, no es mi intención y tampoco la tuya. Vi que le tomó por sorpresa pero se compuso de inmediato, aceptándolo sin objetar.

Me tomó de la cintura, acercándome a su cuerpo y me beso salvaje, con torpeza al principio pero sin intención de sutilezas. Nos mordíamos los labios y el cuello. Me levanto el vestido, tocando directamente mi entrepierna, me dejé tocar.
Con el ánimo atrevido, me quite el vestido, dejando solo el sostén color vino tinto de terciopelo y las medias. Mi mirada era provocadora, feroz, de puta, invitándolo a excitarse, a descontrolarse por completo.

De pie, tocándonos desesperados, hambrientos; él completamente vestido y yo extasiada disfrutando sus manos temblorosas y desconocidas recorriendo la desnudez de mi cuerpo. El arrebato se apoderaba de nosotros.

Comenzó a desabotonarse la camisa. Levanté la pierna y la subí a la cama, dejando expuesto mi sexo debajo de la transparencia de las medias. Y comencé a acariciarme con toda la mano, mojando instantáneamente el puente en la entrepierna. Él me observaba desesperado, mientras intentaba desvestirse; zapatos, cinturón, camisa. Mis ojos descarados fijos en los suyos, acompañados de una sonrisa entre juguetona y burlona al ver su desespero.

Rómpelas, le dije, antes de que se terminara de quitar toda la ropa. Me tiro en la cama, abrió mis piernas y con las dos manos rompió las medias mojadas.
Hundió la lengua en mi sexo buscando mi clítoris, lo succionó y soltó repetidas veces hasta dejarlo expuesto, duro. La sangre se me agolpaba justo ahí, palpitante, como si fuera a estallar. Pasó su lengua completa por las ingles, por la parte interna de mis labios, despacio, saboreando los bordes y los rincones, chupándolos entre pequeñas mordidas con sus labios, me estremecía con cada roce.

Terminó de hacer jirones las medias y sentí como la punta de su lengua entraba a mi vagina, decidida, profunda. Con gran habilidad intercalaba sus dedos conquistando cada orificio, mientras su lengua atendía diligente el  botón de mi clítoris. El fuego se extendió por mis entrañas, hasta sentir que el calor me invadió por completo. La pasión en aumento, el descaro del momento llenándome el cuerpo de vapores de deseo, un gozo autentico y carnal, lujuria pura; a fin de cuentas, dos extraños.

Disfruté extasiada la humedad de su lengua empapando mi sexo, mezclando su saliva con mis fluidos, deseando con cada lengüetazo explotar por dentro y escurrirme en su boca. Más y más humedad salía de mi interior, lo que lo invitaba a succionar la miel que me brotaba con furia absoluta. El primer orgasmo no tardó en venir, me retorcí arqueando la espalda y despegando mis caderas de las sábanas, aferrada a la primera almohada que pude tentar. Con los ojos cerrados, exhalé un gemido hondo y fuerte, un placer intenso se apoderó de mí. Contagiándolo.

Como pudo se quitó los pantalones y levantando mis piernas me tomó firme, hasta el fondo, de una sola embestida. Mi cuerpo lo recibió húmedo, cálido, relajado, abierto… deliciosamente abierto. Mordía mis pezones y mi boca como niño hambriento, excitado, excitante. Sentí como todo se gestaba de nuevo en mi interior, el placer crecía y volví a gritar extasiada con el segundo orgasmo. Quería más.

Jadeantes, y sin dejar de penetrarme, me giró, poniéndome de espaldas. Levanté mis nalgas para recibirlo mejor; una, dos, tres, cuatro veces. Seguíamos imparables, mi creciente humedad lo incitaba y lo ayudaba a continuar rozando cada centímetro de las paredes de mí interior; entrando, saliendo, caliente. Una potra salvaje y en celo a su entera disposición.

Chupé mis dedos y los bajé hasta mi entrepierna, tocándome en círculos. Quería provocar el siguiente orgasmo. Él apretaba con fuerza mis caderas con sus manos en cada arremetida, como si quisiera atravesarme.

Un azote con la palma de su mano me tomo por sorpresa, gemí de gusto. Imaginé como se vería la marca en mis nalgas blancas y me sacudí de placer. Eso le dio confianza para darme otro con más fuerza; sentí mi nalga caliente dilatando el gozo y la excitación, no pude aguantar más, múltiples orgasmos reventaron en mi interior.

Gemía y temblaba, la respiración agitada, la boca seca; sin embargo sentía todo un mar haciéndome olas en la playa nocturna de mi intimidad. Su pene se ensanchaba adentro de mí, lo sentía palpitar, embravecerse. Cerré los ojos para disfrutar el momento, un ruido gutural salió de su boca que dejó escapar un soplo de vida o de muerte; y luego, su semen caliente inundó mis entrañas. Él seguía entrando y saliendo firme, las paredes de mi vulva como ventosas alrededor de su falo, exprimiéndole la última gota de ímpetu, hasta encallar.

Extasiados y exhaustos nos tiramos en la cama entre las sabanas revueltas, nuestros sexos agotados, expuestos sin pudor en absoluto silencio, escuchándonos la respiración aún agitada, esperando a que volviera una normalidad inexistente.

Mi cuerpo se recompuso de la hazaña con asombrosa rapidez. Me levanté de la cama, me enfundé el vestido y ante su mirada de desconcierto, le dije buenas noches, y me fui.



Atrás se quedaron las medias rotas, un cuerpo trémulo, y una voz aún sin fuerza que decía, Gracias.



28 comentarios:

  1. Que buen texto, excitante, detallado y sin vulgaridades, entregado

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    1. Muy agradecida Edgar por regalarle tiempo a mis letras y por dejarte seducir por ellas.

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    2. No es difícil no dejarse atrapar por tus palabras que fluyen de forma auténtica y sobre todo excitan por manifestar cristalinamente como una mujer vive y disfruta su sexualidad y su deseo. En lo personal me gusta muchobleer los relatos eróticos en voces femeninas, ya que los encuentro didácticos para lograr empatar dos deseos, y una sola forma de sexualizarse entre dos personas...

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    3. No es difícil no dejarse atrapar por tus palabras que fluyen de forma auténtica y sobre todo excitan por manifestar cristalinamente como una mujer vive y disfruta su sexualidad y su deseo. En lo personal me gusta muchobleer los relatos eróticos en voces femeninas, ya que los encuentro didácticos para lograr empatar dos deseos, y una sola forma de sexualizarse entre dos personas...

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    4. Qué bonito lo expresa usted!! Gracias infinitas! Me alientan mucho sus generosas palabras!

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    5. No pude menos que admirar al personaje llamado Marco (sin nombre), muy estoico desde el punto de vista masculino se dejó seducir casi con arte. Asi hace usted que uno se traslade a la escena convirtiéndose uno en un sin nombre. Exquisito.

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    6. Mi bello paisano, gracias por tus comentarios y más por siempre leerme! Es un gran placer para mi!

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    7. Excelente, como siempre sutil

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  2. orales !!!!! me tuviste 5 minutos mas que atento a tu escrito

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    1. .. Se las voy a hacer más larga (la lectura) para que me regale más de su tiempo... Besos y gracias!

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  3. acabo de vivirlo... gracias por compartir..

    @jjuarezm70

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    1. Gracias a ti por permitirte gozarlo hasta el final! Un placer para mi contar con tu lectura... Besos

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  4. De una lectora empedernida como tú, no esperaba algo menos. Un texto ameno, rico en detalles y lenguaje. Aunque nunca muestras tu cara, es díficl no imaginarte. Fue un buen "break", a mitad de mi jornada laboral. Saludos

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    1. Agradecida por el tiempo de leerme y comentarme! Un placer saber que lo disfrutaste!

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  5. Gracias Az... Como El mismo sólo " gracias" Único, que ponctua esos cambios acendantes de orgasmos, en "territorios marcados". Marcados de colore ámbar, marrones verdes olivos.
    Delicioso y instructivo. Además de delectar, se me da ideas!
    Claude.

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    1. Muchas gracias por leerme! Un placer compartir fantasías!

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  6. Gracias Az... Como El mismo sólo " gracias" Único, que ponctua esos cambios acendantes de orgasmos, en "territorios marcados". Marcados de colore ámbar, marrones verdes olivos.
    Delicioso y instructivo. Además de delectar, se me da ideas!
    Claude.

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  7. Excitante.. Y delicado.. Excelente narración.! Fascinante como siempre..

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  8. Estrepitoso final, toda una odisea, por los caminos del placer y la lujuria, de un momento jadeante, a una despedida tan fría, como el agua helada que pasa por tu garganta.
    Creativa y deslumbrante en tus letras.
    Gracias por permitirme, ser parte de tus lectores.

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    1. Me encanta el comparativo que haces, pues es justo lo que quería transmitir, el contraste entre el calor de la pasión y el frío de la racionalidad. Gracias infinitas por leerme, por sentir las letras y la historia!

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  9. Muy, muy bueno el texto. Hoy lo releo y debo decir: Gracias. Más textos como éstos señorita Miel. Nos tiene atrapados. ;)

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    1. Muchisimas gracias! Es un placer escribir, espero poder tener más letras, más seguido, un abrazo!

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  10. Muy, muy bueno el texto. Hoy lo releo y debo decir: Gracias. Más textos como éstos señorita Miel. Nos tiene atrapados. ;)

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  11. Lindo texto, imposible parar de leer.
    Tanto tiempo de seguir y apenas descubro tu blog. Vendré. Leerte más a menudo.
    @mduranqro

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