lunes, 21 de septiembre de 2015

Amor a la mano

Había sido una tarde de cielo celeste y rosados cuerpos. Besos desesperados, caricias que despertaban ternura y al siguiente instante deseos de arañar la piel.

Los poros abiertos y receptivos como las ganas y las intenciones. Nada prohibido, salvo el hecho de estar ahí, juntos y separados de sus respectivas parejas.

El tiempo apremiaba, seduciendo los sentidos a disfrutarse lento, capturándolo todo. Viviendo la eternidad que da el momento y la oportunidad.

Les llegó la noche, en el momento en que se iluminaban de fiesta el sexo. Juegos pirotécnicos estallándoles en las entrañas. Fuego y júbilo. Miradas encendidas. Cuerpos extenuados y extasiados.

Se bañaron juntos en silencio, compenetrados, disfrutando de enjuagarse las caricias clandestinas uno al otro. Dejando en su lugar, otras nuevas, limpias, con olor a jabón y agua tibia.

La ropa fue cubriendo la desnudez de la complicidad, vistiéndolos de desconocidos, de los seres lejanos al cuarto de un hotel, los del matrimonio ejemplar, los de la cotidianidad.


Y cuando él estaba a punto de despedirse, ella lo tomó del brazo deteniendo el adiós; le lamió la palma, desde la muñeca hasta la punta de los dedos, para que llevara su sabor a la mano. 




Estrellas fugaces y eternas

Contrario a lo bonito, lo tierno, incluso lo idealista del amor; nosotros éramos pecado, gula, lujuria y perversión.

Enamorados, pero no como lo entiende el mundo ni como lo viven los millones de seres que pasean por las calles tomados de la mano, mirándose a los ojos y besándose los labios, mientras en silencio y sin palabras se juran amor eterno.

Nosotros, fuimos estrellas fugaces que se quemaron en el firmamento del infinito, y conocieron la eternidad del momento más amoroso y sublime del universo.