lunes, 13 de abril de 2015

El tiempo

Era una tarde nublada, el viento corría fresco con caricias suaves sin despeinar. La Alhambra majestuosa de fondo y las horas escurriendo placidas mientras Amelia tomaba café absorta en las letras imaginadas por otro. Tenía treinta años y una vida bien vivida. Disfrutaba amanecer sin prisas y dormía con la sensación de no haber dejado cosas por hacer.

Una voz grave y profunda, con un acento que no supo dónde colocar en el mapa, le incitó la curiosidad de levantar la vista y buscar a su dueño. Sus ojos se cruzaron con unas pestañas rizadas y coquetas que enmarcaban unos hermosos ojos castaños, sonrojándola. Sonrió entre nerviosa y avergonzada, y el mundo se paralizó en la eternidad de un instante.

Se presentaron en silencio, sin un solo gesto de cabeza siquiera; dejaron un par de monedas cada uno en su respectiva mesa y se despidieron del café siguiéndose uno al otro por el camino que llevaba al centro, como sabiendo su destino.

Sin palabras, se internaron en el hotel en donde el hombre de los ojos coquetos se hospedaba. Se hicieron el amor despacio, contándose vivencias propias y ajenas. Absortos y hechizados con los mundos del otro, sin percatarse que el tiempo malicioso, bailaba sus pasos sin pausa.

Se caminaron las montañas y los valles de sus tierras y de sus cuerpos, recorriéndose las historias. Y así, pasaron 3 días con sus cortas noches hasta que el hambre los trajo de vuelta a la realidad. Se desayunaron pausado, entre café, besos y tostadas; recogiéndose las migajas con las lenguas ávidas de devorarse todo. Mientras el reloj silencioso continuaba su rumbo sin darles tregua.

-          Es hora de irme, dijo él, rompiendo el silencio de las caricias y recogiendo sus pocas pertenencias para guardarlas en una pequeña maleta.

Amelia desesperada, arrancó el reloj de un tajo, haciendo rehén las manecillas entre sus manos. Las aplastó impaciente, sometiéndolas, obligándolas a detenerse; pero por más fuerza que ejercía, las muy malditas, seguían palpitando su tic tac burlonas, acompasándose ladinas con el palpitar de su corazón acelerado.



El hombre con acento extranjero y voz profunda, se fue con sus ojos castaños a conquistar otro mundo sin tiempo para las despedidas. Amelia, quedó inerte, conociendo la prisa de una manera muy ingrata, aferrada eternamente a la consciencia del tiempo y las cosas inconclusas. 




4 comentarios:

  1. Querida azafrán,el lugar donde descubri su manera de ver la vida me ha traído hasta aquí,a un lugar mágico y etéreo,agradezco infinitamente su manera de empujarme hacia las letras y ver cuan maravillosas son,el leerle me produce sensaciones muy placenteras,esta logrando que sea uno de tantos seguidores de este hermoso blog 😊

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    1. Sergio muy agradecida por tus palabras. Muchas gracias por leerme y un placer compartir letras siempre. un beso enorme!!

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  2. Hola, veo que has trascendido apropiandote de un estilo ameno y muy certero para comunicar pasiones por muchos anheladas,me ha encantado, felicidades y sigue bendecida Paisanita.

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    1. Paisano, que bella palabra me regala... trascender!

      Gracias de corazón... espero un día poder sentirme y llamarme escritora :) Beso cariñoso!

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