domingo, 19 de abril de 2015

Los profesionales

Sonó mi celular. De reojo vi que era un mensaje de mi amiga Ana. 

Desde la cama aún caliente, en medio de una mañana que ya se volvía tarde, lo abrí.

“Revisa tu correo, te mandé los datos y los detalles de mi último plomero, creo que te puede resolver el asunto de la cañería, no hace más que el sucio indispensable, pero todo lo deja bien limpio después."

Sin levantarme, despedí al carpintero que terminaba con el último trabajo de manera magistral. Había quedado completamente satisfecha. 

Escuché la puerta al cerrarse y marcando el teléfono del recomendado de mi amiga, llamé, concertando una cita para el día siguiente a punto de las nueve y media de la mañana.

Di un trago al café ya frío, que me había dejado mi marido hace tres horas en el buró antes de irse a trabajar. Bostecé y me estiré aún entre las sabanas. Tomé de nuevo el celular y le respondí a Ana el mensaje:

“Amiga, te mando los datos de mi último carpintero. Hace unos trabajos de tallado muy delicado y clava como los dioses!






lunes, 13 de abril de 2015

El tiempo

Era una tarde nublada, el viento corría fresco con caricias suaves sin despeinar. La Alhambra majestuosa de fondo y las horas escurriendo placidas mientras Amelia tomaba café absorta en las letras imaginadas por otro. Tenía treinta años y una vida bien vivida. Disfrutaba amanecer sin prisas y dormía con la sensación de no haber dejado cosas por hacer.

Una voz grave y profunda, con un acento que no supo dónde colocar en el mapa, le incitó la curiosidad de levantar la vista y buscar a su dueño. Sus ojos se cruzaron con unas pestañas rizadas y coquetas que enmarcaban unos hermosos ojos castaños, sonrojándola. Sonrió entre nerviosa y avergonzada, y el mundo se paralizó en la eternidad de un instante.

Se presentaron en silencio, sin un solo gesto de cabeza siquiera; dejaron un par de monedas cada uno en su respectiva mesa y se despidieron del café siguiéndose uno al otro por el camino que llevaba al centro, como sabiendo su destino.

Sin palabras, se internaron en el hotel en donde el hombre de los ojos coquetos se hospedaba. Se hicieron el amor despacio, contándose vivencias propias y ajenas. Absortos y hechizados con los mundos del otro, sin percatarse que el tiempo malicioso, bailaba sus pasos sin pausa.

Se caminaron las montañas y los valles de sus tierras y de sus cuerpos, recorriéndose las historias. Y así, pasaron 3 días con sus cortas noches hasta que el hambre los trajo de vuelta a la realidad. Se desayunaron pausado, entre café, besos y tostadas; recogiéndose las migajas con las lenguas ávidas de devorarse todo. Mientras el reloj silencioso continuaba su rumbo sin darles tregua.

-          Es hora de irme, dijo él, rompiendo el silencio de las caricias y recogiendo sus pocas pertenencias para guardarlas en una pequeña maleta.

Amelia desesperada, arrancó el reloj de un tajo, haciendo rehén las manecillas entre sus manos. Las aplastó impaciente, sometiéndolas, obligándolas a detenerse; pero por más fuerza que ejercía, las muy malditas, seguían palpitando su tic tac burlonas, acompasándose ladinas con el palpitar de su corazón acelerado.



El hombre con acento extranjero y voz profunda, se fue con sus ojos castaños a conquistar otro mundo sin tiempo para las despedidas. Amelia, quedó inerte, conociendo la prisa de una manera muy ingrata, aferrada eternamente a la consciencia del tiempo y las cosas inconclusas.