viernes, 5 de diciembre de 2014

Conversaciones en segunda persona

Guardas tus silencios en la almohada. En la oscuridad de tus noches. En la soledad de tu casa.

Silencios llenos de dudas y desasosiegos. Silencios repletos de voces. Recordándote todo. Los ayeres, los fracasos, los dolores, los sinsabores. El vacío que deja haber amado, haber creído, haber confiado.
Quieres decir tantas cosas y las promesas hechas a ti mismo no te lo permiten. No te puedes fallar. Debes cuidar a ese niño dulce que llevas dentro, al que le has impuesto una armadura demasiado grande y pesada y que le cuesta cargar.

Pero el alma no calla. Palpita con cada una de sus palabras que suenan sinceras, simples, sin dobleces. Asomando un resquicio de ilusión en el amurallado corazón.
Vives impaciente, celoso hasta de lo que la mente inquieta del otro sueña. ¿Te soñará? ¿Te pensará?

Prefieres ignorar hasta tus propios pensamientos.
Te llamas estúpido, crédulo, ingenuo. Y te convences que no hay sentimiento real en lo que corre por tus venas. Sin embargo te sientes más vivo que nunca.

Deseas seguir viviendo la sensación que te provoca, pero implica decisión. Y las decisiones pesan. Implican margen de error.
Optas por voltear tu rostro a la calle, a la cotidianidad de tu vida, a las actividades sencillas que llenan los días, a los amigos y el trabajo. Distraen, y con suerte hasta abruman.

No das tu brazo a torcer. Ya has sentido como duele.
Te mantienes estoico en tu orgullo, en tus miedos, guardando los sentimientos dentro de las paredes que ladrillo a ladrillo has construido a lo largo de tu vida. Pero donde también se te colaron los fantasmas.

Te eximes de culpas.
Excusas tu incapacidad de arrojarte al precipicio, a pesar de que te han mostrado los brazos esperándote.

No es real, te repites. Es sólo un acto de ilusionismo.
Buscas desesperado cada grieta en las palabras escuchadas para convertirlas en abismos, haciéndolos irreconciliables.

No es nadie afuera.  Te pasa con todo, con todas, con todos. Eres un confiado sólo en apariencia, un niño feliz de una aventura que dure un minuto, para disfrutarla sin que duela. Un apostador de sólo una carrera, dónde quizás se gane poco, pero se pierda menos.
Medido cada paso, jugando sin mojarte, como si así se viviera la vida.

Permíteme aclararte, mi adorado corazón, que en efecto, ¡eres tonto! Sólo flotas. Sobrevives. Nadas de muertito, pero la vida como el mar, para conocerlo hay que sumergirse.
Tu decides. El tiempo sigue corriendo.


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