miércoles, 19 de febrero de 2014

Esperando, no quiero morir.

No quiero morir esperando a encontrarme con tus labios y quedarme observando, esperando fantasiosa que de ellos salgan las palabras que he estado deseando.

No quiero pero espero.

Espero a veces ansiosa y otras sin esperanza, de encontrarme en esta vida observándote de frente, tomándote entre mis manos.

Me angustio. Y me guardo mis zozobras en el silencio de mi ego. Y me castigo vigorosa por presuntuosa, porque espero.

Pero dígame usted, amor mío, que hago para encontrarlo, si es condena de mi ego andar buscando sin buscarlo.

martes, 18 de febrero de 2014

Dos o tres.


Recorriste las cortinas al tiempo que yo me despojaba de mi ropa, desnudándome a la vista de cualquier curioso.

Tus ojos traviesos buscaron alguna mirada cómplice entre las ventanas vecinas. Y ahí estaba ella. Destellante. Candorosa. Mirándote fijamente.

Dejaste caer tu bata de baño con descaro y aunque no alcanzabas a ver sus pupilas, sabías que se dilataban para ti.

Me atrajiste hasta la ventana, tomándome por atrás. Apartaste mi cabello de los hombros, dejando mi cuello al descubierto y comenzaste a besarme, con la mirada fija en ella y la de ella en nosotros.

Besaste mis pecas con dulzura, lamiéndolas, mordiéndolas, saboreándolas poco a poco, mientras acariciabas mis senos con firmeza, pellizcándolos, provocándome un primer quejido.

Sentí como tu sexo despertaba con rapidez apretado contra mis nalgas. Me humedecí.

Tus caricias despertaban con avidez mi cuerpo, calentándome la piel por fuera y por dentro.

Y entonces la vi. De pie como una estatua griega de porcelana, bella y esplendorosa, observándonos, entre turbada y excitada, pero sin poder evitarnos.

Se me encendieron las ganas y traicionándome los nervios, se me ruborizó la piel.

Tus caricias suaves, me tranquilizaron y acercándote al oído, me susurraste, “eres bella y eres mía”.

Deje que tu lengua terminara de humedecerme el oído y de convencerme el sentido y me estremecí entre tus brazos. Sintiéndome de nuevo segura. Pudiendo devolverle una mirada un poco presuntuosa a esa diosa de la ventana.

Tus manos seguían recorriéndome el cuerpo, viviéndolo palmo a palmo, sin ninguna prisa, deslizándose por mi vientre que vibraba tras tus manos.

Cerré mis ojos disfrutándote, y al abrirlos me encontré de nuevo con su mirada, una mirada dulce que disfrutaba el panorama.

Me excité.

Sin pensarlo demasiado, abrí el balcón y una oleada de brisa fresca nos erizó la piel y con un aroma dulce, nos llenó los sentidos, sin enfriarnos el cuerpo.

Te tome de la mano con movimiento seguro y sin pronunciar palabra te invité a salir.

Tus ojos entre asombrados y excitados, me sonreían.

Tu cuerpo detrás de mí no se movía. No estabas dudoso de ti, si no de mí y esperaste lo suficiente para asegurar que no fuera sólo un arranque de valentía, que luego rehusaría.

Pero mi cuerpo enderezándose valeroso, dio un paso al frente, dejando al descubierto del exterior la lujuria que hervía en el interior.

Dos cuerpos desnudos y ardientes, ante la mirada de una intrusa, invitada al deleite.

Sujetando mis manos de la baranda, incliné lo más que pude mi torso hacia adelante, dejando a la vista y a tu alcance mis caderas y todo lo demás. Y alzando la mirada hacia la ventana, donde estaba ella, te dije muy despacio, intentando que ella pudiera leerlo de mis labios, “Cógenos”. Y tu miembro embistió entre mis nalgas, desapareciendo por completo en mi interior.

Arañaste mi espalda salvajemente, mirándola a ella, cogiéndome a mí.

Vi a lo lejos, como ella se despeinaba, se acariciaba desesperada. Lamiéndose los dedos y volviendo a desaparecer sus manos de mi vista.

Sentí como mi cuerpo me abandonaba, dejándola a ella poseerme, junto a ti.

-          Más, suplicaba.

-          Eres mía, gritabas. Sin saber muy bien a quien se lo decías.

Nuestros cuerpos chocaban desesperados. Y mis senos y tus testículos acompasados, bailaban al compás de nuestros deseos.

Te aferrabas a mis pezones con fuerza, manoseándolos todos, como reconociéndolos. Mientras tus dientes se clavaban en mis caderas.

Mis ojos brillaban de pasión, sin poder dejar de verla a ella. Como queriendo compartirle lo que provocan tus caricias y al mismo tiempo robar los gemidos de ella.

Intente mimetizarme con esa desconocida. Y ser justo eso para ti. Un nuevo cuerpo, diferente, una extraña. Y entre más lo sentía, más te sentía estampar caricias diferentes, encarnándose en mi piel.

Y mis gemidos te respondían en otra voz. Quejidos de niña bautizándose mujer entre tus dedos desesperados, purgándole los espacios, sedientos de placer.  Y llenándome de placer mi propio cuerpo.

Pero aunque se, que no era yo la única que te sentía, era yo, estoy segura, quién te tenía entre las piernas explotando, escurriéndote en mí.

Mío. Y yo, toda tuya.

No voy a morir de amor.


No me voy a morir de amor, aunque parezca.

Porque escucho el pájaro que anuncia la primavera cantar en mi corazón.

No me voy a  morir, aunque lo quiera.

Porque siento el amor que nace en mí como peonia en flor.

No me voy a morir, aunque padezca.

Porque me dieron a beber un poco de esperanza.

No me voy a morir, aunque merezca.

Porque aún ronda un alma en los andares de este mundo, que desea lo mismo que yo.
 
 


¿Dónde quedaron tus ganas?


¿Dónde quedaron tus ganas de mí? ¿En el cajón de las mentiras o en la de los sueños sin cumplir?

¿Dónde quedó tanto deseo, tantas caricias que no recibí?

¡Donde la poesía que tu tenías para mí!

Mi cuerpo aún tiembla de ganas y mi alma arde en llamas de tus besos, de tu boca, de tus manos sobre mí, fuertes y aterciopeladas, como me las he imaginado sin fin.

¿Se extraviaron tus caricias, o solo se diluyeron en algún rincón entre el tiempo y la distancia?

Ya no las oigo. Ya no las veo.

Decoloradas las siento entre la duda y el deseo.

Mis puertas, mi cuerpo y mis ganas están abiertas para ti… Dime dónde te veo para que me lo expliques a mí.